Películas que hablan sobre nuestra condición
Secretary es magnífica para mostrar a nuestros parientes y amigos lo que somos. Nos enseña tanto que podemos hacer de bueno con nuestra perversión como el peligro de dejarse dominar por ella. Abandonarnos a la lujuria negligiendo nuestros deberes de estado y sociales. Mientras estemos bajo el yugo del pecado original, todo lo que sintamos y hagamos tenderá al mal. Es necesario siempre el dominio de la voluntad y sobretodo la oración y la Gracia de Dios para evitarlo. Edward Grey (James Spader) quiere ser un buen abogado, pero su inclinación al dominio encuentra una buena acogida en las tendencias o necesidades de sumisión de sus secretarias. Eso desencadena sus deseos y fantasias, hasta que llega a temer haber perdido el control y estar abusando de ella. Su respuesta a ello es la huida. Destruir la burbuja sensual que ha creado con ella para intentar volver a empezar. ¿Cuantas veces no habremos hecho lo mismo los atraidos por el BDSM? Tirar toda la pornografía, no pensar en ello para evitar caer en la alienación que trae consigo el placer. ¡Queremos ser buenos! Pedimos a Dios que nos libre de estas tentaciones. Pero, a falta de una especial gracia de Dios, siempre volvemos. Porqué es una tendencia natural en nosotros. Y la tenemos por alguna razón. Sea para ofrecer nuestro sufrimiento a Cristo, para humillarnos y hacernos humildes, para ganar méritos o, como en esta película, ayudar a alguien.
Edward Grey no se da cuenta de dos cosas. Primera, que puede vivir y encauzar sus deseos en el matrimonio si encuentra a la mujer adecuada. (En ningún momento la película muestra ninguna tendencia aberrante como son los juguetes sexuales, la prolongación artificial del placer o el barroquismo sexual. En todo momento trata de mantenerse sobrio y limpio por mucho que vista de yegua a Lee) Segundo, que su dominio sobre Lee Holloway (Maggie Gyllenhaal) está teniendo un efecto positivo en su salud mental. Se podría decir que Dios la ha puesto en su camino para ayudarla. Para darle sentido y utilidad a su parafilia. ¿Puede haber orden que resulte más satisfactoria a un Dominante que decirle a su sumisa que nunca más se vuelva a hacer daño a si misma? Edward es el ancla de Lee. Un punto de referencia en medio del caos. Él la disciplina. Y muy pronto la ama. Así que la obediencia de Lee pasa de ser un acto ético a uno de amor.
En resumen, mediante la moderación, evitando el ambiente BDSM y sus costumbres, podemos cumplir nuestros deseos a través del matrimonio con una mujer que, sin ser una depravada, complemente estos.
Por su parte La Pianiste nos advierte de lo peligroso de nuestras fantasias. De que debemos reprimir las más exageradas, reducirlas al ambito de la imaginación o encauzarlas en expresiones moderadas. Y sobretodo no revelarlas a los que no las pueden entender. A los llamados vainillas. Que pueden llegar a despreciarnos por ellas. Cuando uno no quiere sumergirse en la depravación del ambiente BDSM es difícil encontrar gente que sienta la misma atracción y comparta al mismo tiempo nuestra fe y moral. A la mayoría, la contradicción acaba haciendoles abandonar la fe o sufrir una dolorosa doble vida en la que sufren cuando fornican y sufren cuando se acercan a Dios. Entre los que sufren la atracción al mismo sexo tenemos muchos ejemplos. Pensemos en el circulo vicioso en que cayó el poeta Paul Verlaine. Trataba de mitigar el dolor que sentia al ser rechazado en la vida monástica por ser homosexual lanzandose en los brazos de un amante o embotandose en la sodomía. Solo para sentirse aun más vacio y desear aun más retirarse para adorar a Dios. Cruz o suicidio es el destino de los que somos depravados por culpa de una atracción parafílica. Pero recordemos que hay esperanza. Un homosexual quiso renunciar a Dios debido al amor que sentía por su amante. Por eso entregó al cardenal Burke todo lo que tenía relacionado con la Fe. Pero pronto se dió cuenta de que no podía vivir sin Cristo. Cuando acudió al cardenal, descubrió que esté había guardado todo lo que le había dado, esperando su retorno como hijo pródigo. Y cuando le confesó a su pareja que ya no podría ir a la cama con él. Este le respondió "Ya sabía que debias ser de Jesús y no mio". Y se abrazaron.
Pero vayamos a la película. Es una versión muy recortada y algo rebajada de una novela (que tengo pendiente leer) de la premio Nobel Elfriede Jelinek. Erika Kohut (Isabelle Huppert) es una profesora de piano cuya tendencia a la sumisión ha quedado patologizada por una infancia infeliz y una madre dominante y castradora. Queriendo negarle deseos normales de socialización y amor, su madre la ha convertido en una depravada cuyas pulsiones sexuales buscan como expresarse sin saber como. Es el caso de mujer que busca someterse para evitar la responsabilidad y la culpa por tener sexo. "Su Amo la obliga e incluso la pega. Así que no es culpa suya". Aunque también, al no saber como expresarse sexualmente, necesita que otro se encargue y lo haga todo por ella.
Erika sabe que debe ocultar sus fantasias y deseos. Que no puede tener una vida amorosa. Mucho menos una normal. Pero uno de sus alumnos, Walter Klemmer (Benoît Magimel) empieza a acosarla intentado conquistarla. Finalmente Erika no puede aguantar más y le confiesa sus deseos masoquistas. Pero Walter, un vainilla que hasta ahora solo había visto en ella a una mujer idealizada, brillante y recatada, siente asco al descubrir a la real. Con taras, debilidades y deseos. Encima, identifica masoquismo con deseo de ser abusada sexualmente. Para acabar demostrando ser más monstruoso que cualquier deseo de Erika. Y salir de ello sin consecuencias.
Erika Kohut no ha encontrado su Edward Grey. Pero lo necesitaría (además de apartarse de su madre) para recuperar la paz.


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